
Cuando Nirvana apareció a fines de los 80, el rock alternativo dejó de ser un nicho y se transformó en revolución. Con Bleach (1989) y, sobre todo, Nevermind (1991), la banda liderada por Kurt Cobain rompió la barrera entre lo underground y lo masivo.
Sus canciones capturaron la frustración de una generación que no encontraba sentido en el conformismo de los 90. Temas como Smells Like Teen Spirit y Lithium eran gritos de identidad: crudos, honestos y contradictorios.
Cobain, con su voz rasgada y su sensibilidad melódica, transformó la ira en arte. La estética desprolija, los acordes sucios y las letras introspectivas fueron una reacción directa contra la superficialidad del mainstream.
El impacto cultural fue inmediato: Nirvana convirtió el dolor en bandera y abrió el camino para que el alternativo dejara de ser “raro” para convertirse en símbolo generacional. Aún después de su disolución, su legado sigue siendo un recordatorio de que la autenticidad no envejece.
